Familia, propósito y cultura digital: claves para la formación
- Elider

- 16 abr
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 17 abr

Desde la Antigüedad, los griegos se preguntaban qué era más importante: ¿el final o el camino? Como muchas de sus preguntas, esta sigue vigente hoy. Y aunque para saber hacia dónde ir es necesario saber a dónde se quiere llegar, también es imprescindible preguntarse con quién se recorre ese camino.
Los padres son protagonistas en el descubrimiento del propósito de sus hijos. Son quienes los acompañan a lo largo de ese proceso y quienes les brindan cariño, pero, sobre todo, seguridad.
Hoy, las redes sociales y el fácil acceso a nuevas fuentes de información abren oportunidades inimaginables para un progreso que antes parecía difícil. Sin embargo, también presentan el riesgo de sumergir a los jóvenes en un mundo ficticio, donde lo agradable se confunde con lo bueno, sin considerar las decisiones que conducen a ello.
Es común pasar por alto momentos en los que podemos disfrutar del presente. Un atardecer o una conversación familiar después del desayuno reconfortan esos anhelos que muchas veces buscamos en medio de la rutina. La inmediatez y el apego a los dispositivos digitales nos llevan, con frecuencia, a mirar más pantallas que paisajes, e incluso caras.
Esta realidad es habitual en los jóvenes, pero también, muchas veces, en los adultos. Durante la adolescencia se buscan modelos a quienes seguir. Las redes sociales muestran una infinidad de perfiles expuestos a “likes” y “shares”; sin embargo, las acciones más valiosas —aquellas que en muchos casos nadie ve— no aparecen ni en Instagram ni en TikTok.
Las pantallas fomentan la inmediatez. El riesgo está en olvidar que, para vivir una vida verdaderamente valiosa, muchas veces es necesario detenerse, pensar y conversar sobre aquello que llevamos en la mente y, sobre todo, en el corazón. En este contexto, generar espacios de diálogo entre padres e hijos se vuelve cada vez más importante. Espacios en los que se pueda compartir una visión de futuro y plantearse preguntas como: ¿qué persona quiero llegar a ser? No solamente qué trabajo deseo tener o con qué tipo de vida sueño, sino quién será la persona que viva esa vida y quiénes la acompañarán.
Este acompañamiento implica también establecer límites claros y coherentes en el uso de pantallas. Por ejemplo, definir horarios concretos —evitando el uso durante las comidas y antes de dormir—, establecer espacios libres de dispositivos en casa (como los dormitorios) y acordar tiempos máximos de exposición según la edad. Diversos estudios sugieren que, en adolescentes, un uso recreativo de más de 2 a 3 horas diarias puede comenzar a afectar el descanso, la atención y el estado de ánimo. Más que imponer normas de manera unilateral, resulta clave construir estos acuerdos en diálogo con los hijos, ayudándolos a comprender el porqué de estos límites.
Al mismo tiempo, es importante educar en el uso del tiempo como un recurso valioso y limitado. Ayudar a los hijos a tomar conciencia de en qué invierten sus horas —y qué tipo de vida se construye a partir de ello— es parte esencial de su formación. En este sentido, puede ser útil proponer alternativas concretas: fomentar la lectura, el deporte, el encuentro familiar o espacios de conversación.
El rol de los padres es fundamental, no en la medida en que toman decisiones por sus hijos, sino en cómo los acompañan mientras aprenden a tomarlas. Es importante permitirles equivocarse. También nosotros, los adultos, nos equivocamos. Resulta reconfortante saber que un padre perfecto no es lo que un hijo necesita, sino uno que esté presente, que acompañe sus decisiones y que permanezca a su lado tanto en los aciertos como en los errores.

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